Como es natural, como ocurre con los defectos y las virtudes, si una persona pudiera acceder al alma de los demás es casi seguro que encontraría imposible conocer la suya.
Tampoco reconocería abiertamente que puede ver nuestra alma como nosotros vemos la tele, ni tampoco, por supuesto, se empecinaría en negarlo rotundamente. Alguien así, al que suele caracterizar una media sonrisa, haría un millón de insinuaciones, que unos interpretarían como un sí y otros, claro, como un no. Sí puede ver el alma; no puede ver el alma, dirían.
Si existiera una persona con esa cualidad, ya lo he comentado, en vez de una sonrisa entera, esbozaría únicamente una media sonrisa. No hay explicación para ello, como no la hay para que el nombre de su lugar de procedencia (pueblo, aldea, ciudad, barrio, favela, etc) comience por una B, b de balma. O que sus estatura no supere los 175 cms. No hay ningún misterio en ello, igual que uno define el agua como una substancia cuyas moléculas están formadas por la combinación de un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno, líquida, inodora, insípida e incolora... igual se define a quién ve el alma de los demás como alguien nacido en una localidad que comienza por b, y cuya estatura no supera el metro setenta y cinco centimetros.
A veces los expertos, y también los inexpertos, han querido poner un nombre a esas personas que ven el alma de los demás nitidamente. Desde luego evitaría tener que llamarlos constantemente personas que ven el alma de los demás, pero el perjuicio sería enorme (Gracía, Julia. el alma armada. Barcelona: Mastin, 1959. 853 p.) como se ha podido comprobar.
De cualquier forma la pregunta que todo el mundo se hace respecto a esta gente es si alguien así puede trabajar en el INPAS, Instituto Privado de Asesoramiento, una empresa privada, que trabaja para la administración pública y cuyo dueño es cuñado de la directora de un Instituto público que todos mantenemos con nuestros impuestos. La respuesta es sí. Y como alguno ya imaginaba, no solo sí, sino sí, irremediablemente.